Ultramarinos, dignidad, lealtad

La lengua, la guerra, el periodismo y el futuro de España protagonizan la conversación entre la editora Pilar Reyes y Arturo Pérez-Reverte

Hay algo delicadamente decimonónico, casi austrohúngaro, en el salón principal del Círculo Logroñés, con sus medallones rococó y sus lamparas de araña. El ambiente invita a extremar las cortesías y los refinamientos, a prodigar las reverencias, a tratar de usía a la gente. Sin embargo, en estos tiempos víricos, incluso este escenario tan venerable adquiere una consistencia irreal: los sillones del auditorio están separados, como si cada espectador formara una isla sin comunicación posible con el resto del archipiélago, y las palabras de los ponentes llegan tamizadas por el cedazo textil de las mascarillas.

Pero también hay algo de victoria, de resistencia heroica, en la celebración de la X edición de Futuro en Español, que –pese a todo– este miércoles se abrió en Logroño con una conversación entre el novelista Arturo Pérez-Reverte y la directora editorial de Alfaguara, Pilar Reyes. En su intervención preliminar, el alcalde, Pablo Hermoso de Mendoza, les invitó a recuperar la tradición clásica del diálogo: «No se trata solo de hablar, sino de construir algo entre dos personas por medio de la palabra». Y la palabra fue protagonista de una velada en la que Pérez-Reverte fue conduciendo al auditorio por el confortable refugio de su biblioteca, por trincheras infernales, por algunos mares, por la batalla cotidiana en busca de la palabra exacta, por el inquietante futuro de una nación cainita.

En el principio, como siempre, fue el verbo. Miles de verbos. Todos los verbos que cabían en una doble biblioteca: la de su familia paterna, dedicada a los grandes clásicos (Balzac, Dickens); la de su familia materna, más atenta a la novela contemporánea, a los ‘best seller’ de la época (Somerset Maugham, Blasco Ibáñez). Aquellas historias electrizantes levantaron un deseo ferviente en el joven Pérez-Reverte: «Pensaba que todos esos mundos existían en algún lugar. Mujeres hermosas, amigos leales, enemigos peligrosos. Eso quería vivirlo yo, no solamente leerlo».

JUSTO RODRIGUEZ

Para Pérez-Reverte, el periodismo no constituyó tanto una vocación como una coartada: «Fue mi manera de marcharme, mi vía de escape. No me veía en el ejército, tampoco en la marina, con tanta gente mandándome, así que Tintín salió en mi ayuda. Al principio, no era más que un chico en busca de aventuras». Empezó a ir a las guerras, una tras otra, a visitar los lugares más remotos y peligrosos del planeta. «Yo no era un periodista de redacción. Yo era un reportero». Aquella experiencia de la guerra modeló su mirada; la mirada que ahora vuelca en sus novelas y en sus artículos. «La guerra –dijo ayer– es una escuela de lucidez extraordinaria. En una semana ves cosas que tardarías toda una vida en aprender. Y conoces la naturaleza humana: ves a tipos que por la mañana son héroes y por la noche se convierten en violadores y saqueadores». De la guerra extrajo Pérez-Reverte lecciones de escepticismo: «Aprendí a no escandalizarme ante el horror y a no gritar de alegría ante la gloria, si acaso la hay».

LA GUERRA: «La guerra es una escuela de lucidez extraordinaria. En una semana ves cosas que tardarías toda una vida en aprender»

«El mundo es un lugar cruel y hostil –explicó–. La naturaleza lo es. Hay una crueldad en el cosmos de la que el ser humano occidental no es hoy consciente. El que vive en una favela o en Angola sí tiene esa intuición, pero aquí la hemos perdido». En esta parte del mundo, el ser humano ha ido creando una serie de estructuras que permiten controlar, alejar o incluso olvidar la crueldad, pero a veces la realidad se rebela: «De pronto llega un virus o llega Saddam Hussein o un fantoche como Trump y la guerra asalta al ser humano en una de sus múltiples formas». «Yo tengo la conciencia de vivir siempre en el filo de la navaja –confesó Pérez-Reverte–, y eso no me hace pesimista, pero sí estoico». De la guerra extrajo además una conclusión lapidaria: «Lo peor no es el malo; es el estúpido. Me he pasado la vida escuchando a malos, pero a malos de verdad. A los malos hay que escucharles porque de ellos aprendes los mecanismos del mal. Pero de los tontos no se aprende nada. Creo que los grandes males de la humanidad arrancan de la falta de lucidez, de la ignorancia. Por eso siento una profunda indignación ante lo que considero una estupidez».

JUSTO RODRIGUEZ

La «mala suerte» de España

La conversación con Pilar Reyes fue discurriendo por veredas amables hasta que la editora le aguijoneó preguntándole por España; una presencia –una preocupación– constante en la obra literaria y periodística de Pérez-Reverte. «No me gusta el lugar en el que estoy; pero es el mío. España es un lugar muy desafortunado históricamente. Un país en el que siempre han mandado los mismos reyes incapaces, los mismos ministros corruptos, los mismos curas fanáticos… Hemos tenido muy mala suerte». Reverte advierte que este funesto legado ha ido regando la terrible semilla de la vileza y del rencor, de la insolidaridad, de la agresividad, de la obligación de elegir bando: «Eso es peligrosísmo y se ha manifestado en muchas ocasiones en nuestra historia…, pero como no leemos historia, solo nos queda la memoria de los agravios». Reverte no ocultó su pesimismo: «Hemos llegado a un punto en el que no se escucha al adversario. No queremos debatir con el adversario, queremos que se calle, que se borre, que desaparezca su simiente de aquí. Creemos no necesitar lo que opina el otro». Pérez-Reverte se espantó del hecho de que en las universidades se haya llegado a boicotear a conferenciantes que no agradan: «Escuchar al adversario es fundamental. Este país se vuelve cada vez más miserable a medida que va negando el diálogo con el adversario». El novelista advirtió de que este peligro se ha vuelto acuciante con las redes sociales: «Estamos creando malas personas. En las redes sociales no se tolera ningún tipo de oposición. Hay jóvenes que se mueven a base de tuits o de consignas sin que haya debate intelectual. Eso, para un político, es maravilloso: cualquier analfabeto puede ponerse al frente de un movimiento con dos chistes en Twitter. Esa mediocridad me resulta desoladora».

«No queremos debatir con el adversario. Queremos que se calle, que se borre, que desaparezca su simiente»
ESPAÑA

Quizá para no acabar la noche con negros presentimientos, Pilar Reyes propuso al académico Pérez-Reverte elegir tres palabras castellanas caídas en desuso a las que le gustaría insuflar nueva vida. Con la primera no dudó un instante: ‘ultramarinos’. «Lo tiene todo –aclaró–: el mar, América, el latín, incluso ese aroma a especias que aún podemos oler los de mi generación». Las otras dos se las pensó algo más. Escogió ‘dignidad’ («suena como un disparo de orgullo») y ‘lealtad’ («tan seca, tan sobria, tan de verdad»). Una tríada extraña, nostálgica, reivindicativa. «Son tres buenas palabras para cerrar esta conversación», concluyó Pérez-Reverte.

La lengua española, una pasión compartida

Todos los participantes en la sesión de este miércoles subrayaron la importancia de la lengua española. El alcalde, Pablo Hermoso de Mendoza, recuperó una cita de Arturo Pérez-Reverte («Nadie puede ser un sabio sin haber leído al menos una hora al día») y la editora Pilar Reyes recordó la búsqueda infatigable del autor para encontrar la palabra exacta. El rector de la UNIR, José María Vázquez, subrayó la frontera que debe superar el idioma: «Si las máquinas se comunican en algún idioma es en inglés. El reto que tenemos por delante es que las máquinas vayan aprendiendo y utilizando el español para cada vez más tareas, especialmente en la ciencia de datos». Hermoso de Mendoza recordó que en Logroño nacieron empresas que han sabido unir lengua y nuevas tecnologías (Dialnet, Arsys, UNIR): «España es mucho más que Madrid –advirtió–. Hay cosas que suceden y momentos que conectan cosas, aquí, enLogroño».