Pilar Reyes

«Es mejor vender los libros que uno hace que hacer libros para vender»

Editora de Pérez-Reverte desde 2009, Pilar Reyes, comparte charla mañana con el escritor en la apertura de la X Edición de Futuro en Español

El editor mantiene relaciones diferentes con cada uno de sus autores. La colombiana Pilar Reyes (comparte charla mañana con el escritor en la apertura de la X Edición de Futuro en Español), que en apenas diez años ha cumbreado el mundo editorial y lidera la división del grupo Penguin Random House Mondadori dedicada a la literatura, se relaciona con Javier Marías, Mario Vargas Llosa, John Banville, Jorge Edwards, Fernando Vallejo, Bernardo Atxaga… En el caso de Arturo Pérez-Reverte, la relación es «magnífica –confiesa– porque Arturo es un escritor muy consciente del trabajo editorial, se involucra completamente en el proceso y comunicación del libro, y eso es una maravilla».

– Excuso preguntarle por el último libro de Pérez-Reverte, ‘Línea de fuego’, al que supongo no pondrá ninguna objeción.

– Pues me sorprendió mucho cuando Arturo me contó qué estaba escribiendo en ‘Línea de fuego’ porque la Guerra Civil era un asunto que había tocado de soslayo pero nunca pensé que sería el tema principal de una obra suya. Me conmovió muchísimo porque yo no he vivido la Guerra Civil española pero soy de un país, Colombia, que ha vivido una guerra durante mucho tiempo y sentía que ese libro me apelaba a mí también. Me parece uno de sus mejores libros.

«La literatura hay que pensarla como una lengua, no como una territorialidad»

«En la pandemia hemos vuelto a los clásicos y una novedad es el libro que necesitas en este momento»

– ¿El editor piensa antes en la calidad del original que tiene entre las manos o en sus potenciales lectores? Al fin y al cabo, la edición no deja de ser un negocio.

– Cuando uno habla de mercado en términos editoriales está hablando de lectores y yo, que manejo sellos literarios, pienso que es mejor vender los libros que uno hace que hacer libros para vender, y todo parte de un manuscrito. Que te entusiasmen y te parezcan buenos e importantes los libros que editas es consustancial al trabajo editorial.

– ¿Hasta qué punto la editorial ‘mete mano’ en la creación de un autor? ¿Dónde está el límite?

– En el mundo editorial anglosajón el editor pasa en muchos casos la frontera del trabajo con el manuscrito pero en el español no, aquí se tiene un conversación de otro orden con el autor. En mi caso depende de cada escritor. Hay una sensibilidad que uno desarrolla y consiste en saber hasta dónde un autor te dice: ‘Hasta aquí; este es el manuscrito que yo quiero’. En el caso de Arturo, que tiene un editor dentro, sus manuscritos son impecables y nosotros solo hacemos una lectura de revisión final del texto.

– ¿Es suficiente el olfato del editor para dar con un libro de éxito o se precisa de otras herramientas para obtener información sobre sus posibles lectores?

– La intuición es el punto básico y eso no lo remplaza ningún dato. Con esos datos sí puedo saber quienes son los lectores de Pérez Reverte de hoy, qué impacto tienen sus entrevistas o las conversaciones en las redes sociales y trabajar en consecuencia; para eso sí es importante que el editor adquiera una capacidad de analizar el mercado que complementa su intuición. Pero la lectura de un manuscrito con un lápiz es supremamente artesanal, por mucho que tengamos todas las innovaciones tecnológicas.

– Alfaguara es uno de esos sellos bisagra en los que coinciden América Latina y España, algo que usted quiere acentuar. ¿Por qué es prioritario este tándem?

– La literatura hay que pensarla como una lengua y no como una territorialidad. Entendernos culturalmente puede ser el inicio de una conversación ya no solo entre España y América Latina, sino entre América Latina entre sí, donde uno siente que las barreras siguen siendo aún más grandes. Hay una mirada de América Latina hacia España mucho más abierta que la que hay entre los países vecinos, y eso es algo que España se ha ganado tras años invirtiendo en pensar el idioma como algo común y en crear elementos de consagración para la literatura en nuestra lengua. Pero aún hay un trabajo que hacer en América Latina en ese sentido.

– Le he escuchado lamentarse de que el mundo del libro está de espaldas a la universidad y los colegios. ¿A qué se refiere?

– Llevo en España once años y nunca planteamos que la universidad pueda ser un lugar para crear públicos. Hay una barrera mutua y me sorprende que en el ensayo divulgativo o la literatura no haya esa conversación entre el mundo editorial y la universidad. La universidad recela de nosotros, nos ve más dentro del mundo del consumo que de la educación y eso es un planteamiento erróneo, y más cuando la edición en España es muy activa en traducción y uno puede leer de todo.

– ¿Cómo está influyendo la pandemia en nuestras lecturas?

– La lectura ha sido una de las actividades de este confinamiento. Me parece llamativo que hayan crecido en cerca de siete puntos los que se consideran lectores frecuentes y la importancia social del libro ha quedado muy evidenciada. En cuanto a nuestras lecturas, hemos vuelto a los clásicos. En el pico más álgido de la pandemia se leyeron muchos títulos como ‘La peste’, de Camus, libros para entender aquel momento. Ahora hay necesidad de libros con más aire o para evadirnos, como es el caso de Rosa Montero (‘La buena suerte’) que toca una base muy dura pero, al mismo tiempo, es un libro inspirador y cargado de esperanza. Y hay otra tendencia que se desmarca de las novedades literarias; ahora un libro nuevo es el que necesitas en este momento y descubres por primera vez, ‘El Quijote’ si quieres.