«En España negamos cualquier virtud al adversario. Somos ‘hooligans’ y eso es muy peligroso»

Una conversación con Pérez-Reverte, que acaba de publicar ‘Línea de fuego’, abrirá el próximo miércoles en Logroño la X edición de ‘Futuro en Español’

Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) fue reportero de guerra durante 21 años. Luego decidió colgar la grabadora para dedicarse por completo a la escritura. Aunque la guerra ha sido una presencia constante en su literatura desde que publicó su primera novela, ‘El húsar’, nunca hasta ahora se había metido de lleno en el barro de la Guerra Civil. En ‘Línea de fuego’ (Alfaguara) sigue la trayectoria de varios combatientes, de ambos bandos, que tratan de tomar un pueblecito poco importante durante la batalla del Ebro. El próximo miércoles, en el Círculo Logroñés (18.30), la X edición de Futuro en Español se abrirá con una conversación entre Pérez-Reverte y la editora Pilar Reyes. Como aperitivo, y mientras se dirige en tren hacia Madrid, el escritor atiende al periodista por teléfono. Habla rápido, como si disparara palabras, y en los pliegues de su voz aún es posible reconocer el sonido familiar del antiguo corresponsal de televisión española.

– Han pasado más de ochenta años y, sin embargo, escribir sobre la Guerra Civil sigue siendo meterse en un avispero. ¿Por qué?

– Posiblemente sea un avispero porque la Guerra Civil española tiene un componente ideológico muy potente. Y ese componente ideológico es un arma que se está utilizando políticamente antes y ahora. Deja de ser una guerra de combatientes para convertirse en una guerra de ideas. Y las guerras de ideas son peligrosas porque los rencores no se calman tan fácilmente como los rencores de un campo de batalla.

– ¿Por eso ‘Línea de fuego’ se centra en los que se batieron el cobre en las trincheras?

– En los últimos tiempos se ha hablado mucho de la Guerra Civil, pero parece que la guerra solo se libró en la retaguardia. Hay muchas novelas, comentarios y estudios sobre la represión, las cunetas, las checas, los cementerios, los falangistas, los milicianos…, pero nos hemos ido olvidando de lo que fue la tragedia mayor: murió más gente en las trincheras que en la retaguardia. Así que yo quería devolver la guerra a la guerra. Esta es una novela de guerra, no de política ni de retaguardia, sino de combatientes. El discurso ideológico ha ido sustituyendo al factor humano a la hora de referirnos a la Guerra Civil, quizá porque la gente que hizo la guerra ya ha muerto. Y yo quería devolver la memoria humana a la guerra. No desideologizarla, porque también hubo ideología en el frente, pero sí hacer hincapié en el factor humano frente al factor político.

– De hecho, el personaje más siniestro de la novela quizá sea el comisario político.

– En los dos bandos los hubo. En uno eran los capellanes castrenses, jefes de centuria y militares con ideología; y en otro, los comisarios políticos. Esa gente fue la que ejerció la represión, mantuvo más la disciplina y se lo hizo pagar muy caro a la gente que no era lo bastante fiel a las consignas. Hubo muchas ejecuciones en el frente, y en los dos bandos.

– Uno de los personajes, el corresponsal británico Tabb, dice: «Olvidamos a veces que las guerras son eso, criminales y sucias guerras». ¿Hemos perdido la memoria de lo que verdaderamente es una guerra?

– Claro. La Guerra Civil la estamos situando todo el rato en un plano ideológico, cuando la mayor parte de la gente que la libró no tenía ideología. No había dos Españas. Había dos clases políticas enfrentadas que arrastraron a ese holocausto absurdo a un montón de gente a la que no le importaba nada aquello. No todos, claro, pero la mayor parte de los combatientes cayeron en un bando o en otro por casualidad o porque los reclutaron a la fuerza. Los españoles no se odiaban; se odiaban los políticos. Por eso, cuando ahora oigo esos ecos irresponsables en la política actual pienso que no se están dando cuenta de que están repitiendo los mismos esquemas del pasado.

– ¿Hasta qué punto ha volcado en la novela su experiencia en guerras civiles como la de Yugoslavia?

– He volcado muchas experiencias mías, evidentemente. Para empezar, la sensación física de la guerra: el hambre, el frío, el calor, el miedo, los piojos, el ruido, la noche… Todas esas cosas vienen de mi propia memoria. Esta novela se nutre de tres fuentes principales: una es mi memoria, mi experiencia en guerras civiles y no civiles; otra es la memoria de los que la hicieron, los relatos de mi padre, de mi abuelo, de mi suegro, de muchos amigos, de gente de uno u otro bando; y finalmente la documentación. He leído muchos libros de memorias. Con esas tres bases documentales he construido la historia.

– ¿La memoria es enemiga de la historia?

– La memoria no; la ideología es la enemiga de la historia. Toda catástrofe humana, me da igual la guerra de los griegos contra los persas que la Guerra Civil española, debe ser considerada con ecuanimidad. Se trata de, estés donde estés, comprender al otro. Entender que el otro también tiene razones para hacer lo que hace, y eso es lo que falta en España. La gente confunde ecuanimidad con equidistancia, y no es lo mismo. La equidistancia es ridícula, pero no la ecuanimidad: saber que el adversario, aunque no piense como tú, aunque la vida lo haya puesto enfrente con un fusil, no por eso deja de ser un ser humano como tú. Y habrá que intentar reconocer tanto sus virtudes como los defectos de tu propio bando. El problema es que en España no tenemos ningún tipo de ecuanimidad. Negamos cualquier virtud en el bando adversario y negamos cualquier defecto en el bando propio. Somos ‘hooligans’, como en los equipos de fútbol. Y eso es muy triste. Y también muy peligroso.

– ¿Cree que ese ‘hooliganismo’ político va poco a poco calando en la sociedad?

– Los intereses de la clase política nunca son los mismos que los de la gente. Cuando esos choques ideológicos y políticos, como hemos visto estos días en el Parlamento, permean en la sociedad y el odio se extiende, la cosa deja de ser un mero ejercicio retórico para convertirse en una peligrosa situación social. No quiero ser catastrofista, pero eso es muy peligroso. Y eso es lo que estos políticos irresponsables están haciendo todos los días. Si supieran más historia (pero historia de verdad, no dos tuits ni dos lugares comunes), se darían cuenta de adónde nos llevan estas cosas. Es evidente que no lo saben.

– En su literatura, la guerra ocupa siempre un lugar central, aunque quizá nunca de modo tan evidente, tan absoluto, como en esta.

– La guerra ocupa un lugar central en mis novelas, claro, como en mi vida. Es mi biografía. Si uno es abogado durante veinte o treinta años, o es sacerdote o es prostituta o es ingeniero de caminos, esa vida le marca inevitablemente su forma de mirar el mundo. Yo fui corresponsal de guerra durante 21 años y la guerra me dio una forma de mirar el mundo. No puedo prescindir de ella. En algunas de mis novelas es más evidente y en otras menos, pero siempre está ahí. Y en esta es muy evidente. Muy evidente.

– Resulta inevitable pensar que el corresponsal británico que acompaña a las Brigadas Internacionales es usted mismo cubriendo la Guerra Civil como periodista…

– Hay dos personajes que se parecen más a mí; no a mis ideas, pero sí a mi mirada. Es importante distinguir entre ideas y mirada. Digamos que hay dos personajes cuya mirada se parece a la mía: una es la del periodista Tabb y otra es la del capitán republicano Bascuñana.

– En un momento de la novela, Bascuñana, que es un republicano escéptico, nada dogmático, dice que cuando se sublevaron los fascistas supo cuál era su lugar. ¿Existe la guerra justa?

– Hay guerras justas, claro. La guerra contra los nazis fue justa, evidentemente. Y la que libraron los republicanos que creían en la República contra los sublevados fascistas, también. El problema es que las guerras nunca son limpiamente justas, aunque las hay con más dosis de justicia que otras.

– La Guerra Civil fue pródiga en episodios de crueldad, de heroísmo, de muerte, de miseria. Sin embargo, usted elige jugar con lugares y personajes ficticios, aunque enmarcados en un momento y en un paisaje muy reconocibles. ¿Por qué?

– Yo quería una novela que fuese reflejo de toda la guerra. Era complicada la tarea, pero quería resumir en unas páginas el horror, el dolor, el espíritu…, todo lo que fue la Guerra Civil en los frentes de batalla. Busqué batallas que me fueran útiles (Belchite, Jarama)…, pero la del Ebro era la perfecta. Murieron 20.000 españoles. Sin embargo, una novela de tres meses y medio de combate era muy larga, con una estructura muy compleja. Y yo quería poder contar un montón de anécdotas y de episodios reales. Para eso lo mejor era crear un lugar ficticio y unos personajes ficticios a los que atribuir todo eso que yo quería contar. Quería tener la libertad de manejar lo real como si fuera ficción, sin estar sujeto a los condicionantes a veces demasiado estrechos de la realidad.

– El entorno, sin embargo, es muy reconocible.

– El lugar geográfico existe: es una curva del río entre Mequinenza y Fayón. Busqué un sitio donde podía haber habido un pueblo. Le dije a mi amigo Ferrer Dalmau (ilustrador) que me pintase un esquema del lugar y con eso trabajé como si el pueblo fuese real.

– En el siglo XIX hubo varias guerras civiles en España. En el siglo XX, una enorme cuyas consecuencias se prolongaron al menos por cuarenta años. ¿Por qué esta pulsión cainita entre los españoles?

– Guerra Civil Española tiene tres palabras y es la última de ellas, «española», la que la define. En Estados Unidos hubo una guerra Norte contra Sur, la guerra de Secesión, que fue una guerra muy cruel, muy sangrienta, con batallas terribles como Gettysburg, Bull Run y tantas otras… Por supuesto, quedaron heridas y algunas todavía hoy son perceptibles; pero después de esa guerra hubo un esfuerzo patriótico, al que contribuyó mucho el cine, de reconocer el valor del adversario, de respetar al vencido. De buscar, en fin, la reconciliación. Aquí nunca hubo eso. En su lugar, hubo un deseo de exterminar al adversario, de borrar su memoria, de anularlo, de que desapareciera. Esa es la gran diferencia. Esta vileza, este afán de exterminio tan español fue el que hizo que las heridas quedaran abiertas y nunca se cerraran del todo. Ese sigue siendo el gran problema de los españoles: no existe ningún respeto por el adversario. En una película de John Ford, ‘La legión invencible’, uno de los soldados que está con John Wayne es un antiguo general del Sur. Cuando muere en combate, lo entierran con la bandera del Sur y le cantan ‘Dixie’ (el himno confederado). Eso en España es imposible. Este plus de vileza y de rencor es muy español. Por eso la Guerra Civil española sigue siendo lo que es.

– En ese sentido, ¿podemos decir que la Transición fracasó?

– En ese sentido, sí, fracasó. A pesar del esfuerzo que se hizo, muy noble y muy importante, no consiguió la reconciliación. Y no lo consiguió porque cuando los políticos carecen de una base intelectual seria necesitan elementos fáciles para su discurso, para reemplazar lo que no tienen. La Guerra Civil es perfecta para eso: buenos y malos, rojos y azules, tú mataste más que yo, fosas aquí, fosas allá… Cualquier idiota sin base intelectual alguna puede manejar contextos guerracivilistas con absoluta naturalidad. Por eso es tan socorrida y tan fácil; no existe un debate de ideas. Solo es lo de siempre: mi bando y el tuyo. Un bucle infernal del que nunca salimos.

– Al comienzo del libro, hay una cita del escritor republicano Arturo Barea: «Qué brutos, Dios mío. Pero qué hombres». ¿Seguimos siendo igual de brutos?

– Es que esa es la gran diferencia. La vileza política es la misma. Son la misma gentuza. No se mandan pistoleros porque no pueden, pero si pudieran se los mandarían. Unos y otros. Pero las sociedades son diferentes. Ya no hay fascismos, comunismos y anarquismos militantes de esa manera. Ya no existe la miseria, la injusticia y el hambre que existía en la España de entonces. Y el español ahora es mucho más culto de lo que era en el año 36. Los factores objetivos que dieron lugar a la guerra ya no son los mismos. Una guerra así, hoy, es impensable.

– Lo mismo pensarían en Yugoslavia en el año 89…

– No lo creo. Una guerra civil así creo que es imposible. Lo que sí es posible es que haya algaradas, bronca callejera, crispación… De eso va a haber mucho porque los políticos vivirán de eso los próximos años, unos y otros. Mi pregunta es hasta qué punto el votante español se dejará manipular por ellos. Hasta qué punto la cultura, el sentido común y la lucidez servirá de contrapeso a la vileza y a la estupidez de nuestra clase política.

– Volviendo a los corresponsales de guerra, el otro día le leí que ese oficio, tal y como usted lo desempeñó durante dos décadas, ya no existe. ¿Se ha convertido el periodismo en un trabajo de retaguardia, más preocupado por opinar que por ir a los sitios a contar lo que pasa?

– No; el periodismo que yo hice existe. Hay periodistas jóvenes estupendos que van allí, se juegan la vida y a veces los matan. Lo que pasa es que ni las guerras son las mismas, ni la cobertura es la misma, ni el público es el mismo. Hace treinta años, cuando yo cubría Yugoslavia, el Golfo o Angola, la guerra era menos tecnológica, sin teléfonos móviles, donde el factor humano tenía mucho más peso. Eran guerras que requerían un adiestramiento profesional diferente para el periodista que las cubría. Tampoco había internet ni la televisión era tal y como la conocemos ahora. Periodistas sigue habiendo, claro que sí, pero el mundo ya no es el mismo. Yo me di cuenta de que el mundo estaba cambiando en la primera guerra del Golfo, en el año 90. Estuve seis meses ahí. Supe que el mundo iba a ser diferente informativamente a partir de esa guerra. Vi cómo nos obligaban a cubrirla… Y por eso me salí. Tardé tres años, pero me dije: el periodismo que viene, las guerras que vienen, el mundo que viene… ya no van a ser para un reportero como el que era yo. Y me fui.

– ¿Y lo echa de menos?

– Me alegro de haber acertado. Me alegro de estar fuera.